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Tengo un amigo militar… Por Daniel García

Ser militar es una profesión u oficio la cual exige un alto nivel de compromiso, habilidades y destrezas para cumplir su deber y objetivo principal, proteger permanentemente un país.

Tengo un amigo militar que me contó algunas cosas, varias increíbles, ahora que ya se retiró, que es la forma que ellos llaman cuando, digamos se jubilan.

Pero enseguida me aclaró, no nos jubilamos, nos retiramos del servicio activo y pasamos a ser parte de la llamada “reserva”.

Términos para mi incomprensibles, pero que mi amigo al final logró que entendiera.

¿Pero y cómo fue que te hiciste militar?, le pregunté.

Bueno, básicamente es algo vocacional, desde chico cuando veía un desfile y escuchaba las bandas tocar las marchas, sentía las ganas de estar ahí, me gustaban esos señores con uniforme y como desfilaban todos sincronizados.

También si veía una película de guerra, sentía en mi interior que yo debía estar ahí, además cuando crecí un poco más, el país estuvo enfrentado a un grupo terrorista que quería tomar el poder por las armas y eso terminó de decidirme.

Claro, le dije a mi amigo, ¿pero es una profesión que pones en riesgo la vida?

Obviamente, ese riesgo está siempre latente, me respondió, pero cuando uno siente que es su deber estar dispuesto a defender su país, esos riesgos se hacen pequeños o se dejan de lado, porque hay un llamado interior difícil de explicar.

¿Pero y porqué esa ceremonia de saludar la bandera cuando la levantan o la bajan? Pregunté con curiosidad.

Nuestra Bandera es el símbolo de la Patria, representa lo que nos identifica sobre las otras naciones, hacer el saludo militar con respeto y veneración es la forma en la que los militares honramos ese símbolo que juramos defender y en esa ceremonia casi sagrada, estamos diciendo que estamos comprometidos con ella, la defenderemos, aún a costa de nuestra vida.

Si está bien, pero deben obedecer a otros hombres que pueden dar órdenes que no se si estaría bien cumplir. Pregunté, casi lanzando un dardo envenenado.

Entonces mi amigo respondió. La vida militar se basa en una organización vertical, donde siempre alguien manda y otros obedecen, porque esa es la esencia de su funcionamiento.

La disciplina, es el secreto de su andar, porque es una organización que se prepara para la guerra y es ahí donde se impone el arte de mandar, para que las decisiones sean claras, se cumplan, no haya dudas y si certezas, cuando en juego está la vida, el triunfo o el fracaso.

Entiendo, pero no tenemos guerras…dije, haciendo mi reflexión.

Es cierto, pero es obligación de las FFAA, prepararse por si ese momento llega, en un mundo tan cambiante, sorpresivo, cuando el país nos dio la custodia y el manejo de un poder tan letal, no podemos hacer otra cosa que ser los más celosos y mejor preparados para su uso si es necesario.

¿Y que hacen entonces, como se preparan si somos un país tan chico? Inquirí.

Es una pregunta muy amplia, respondió mi amigo, pero trataré de explicarlo.

Lo primero que hacemos es aprender a ser soldados, a obedecer a nuestros superiores, ya que, si eso no lo entendemos, jamás podremos mandar.

Nos sometemos a un intenso entrenamiento físico, donde llegamos a sentir que estamos exhaustos, que ya no podemos más, pero nuestros instructores saben como sacar un aliento adicional, una fuerza que estaba oculta y descubrir que nuestra actitud y voluntad siempre tiene un plus.

Hacemos instrucción, donde aprendemos diferentes movimientos en formación, con nuestras armas, donde la destreza, la sincronización, atención, van moldeando nuestra disciplina al igual que nuestro espíritu de pertenencia.

El trabajo en equipo es el que moldea lo que llamamos espíritu de cuerpo, eso que nos identifica, distingue y nos llena de orgullo por portar uniforme.

Nos preparamos intelectualmente, estudiamos muchas materias necesarias para el conocimiento general como ciudadanos, pero además tenemos las propias del ámbito militar, táctica, estrategia, manejo de armas, tiro, hacemos maniobras en el terreno para ejercitar en la práctica lo recibido en el aula.

Aprendemos a soportar las inclemencias del tiempo, pasamos frío, calor, lluvias, vientos, experimentamos lo que es tener hambre y sed y como sobrevivirla, porque siempre debemos estar preparados para lo peor, lo que además ayuda a templar nuestro espíritu y a madurar ante la adversidad.

¿Pero y porqué toda esa rigurosidad? Preguntaba incrédulo, tratando de entender.

Porque como te dije al principio, esta carrera es vocacional, si haces estas cosas es porque estás dispuesto a correr riesgos, transitar una cuesta arriba que te cuestiona tantas veces, ¿porque hacemos todo esto, si podría estar más cómodo?

No olvides que nos preparamos para una eventual guerra, aunque la veamos lejana, muchas fantasías animan a algunos, que piensan que en los cuarteles estamos sentados tomando mate, lo cual es ignorar lo que hacemos

Bueno, ¿pero ganan muy bien y cuando se jubilan también se van muy cómodos económicamente?

Otra fantasía que se repite en una especie de relato o mito, lo cual es ciertamente falso.

Yo te preguntaría, interpeló mi amigo. ¿Si fuera así, porque no hay más personas que quieran seguir la carrera militar? Si es todo tan fácil, cómodo y con la seguridad y tranquilidad de hasta jubilarme con tantos beneficios, ¿no debería haber más personas ansiosas por estar en este mundo tan feliz?

Mucha gente no quiere a los militares por el tema de la dictadura, las torturas, la gente desaparecida, ¿no te parece que eso influye?, le dije a mi amigo…

Se han dicho muchas cosas sobre este asunto, muchas mentiras, medias verdades y tantos inventos.

Hace más de cincuenta años, que ríos de tinta, programas de todo tipo, agentes culturales y muchos protagonistas, han contado un relato de lo que ellos entienden o divulgan que pasó, sin que en tanto tiempo hubiese otras versiones que pusieran las cosas en su lugar.

Recién ahora se comenzó a escuchar voces que revelan hechos desconocidos o que se ocultaron, vemos intervenciones en el parlamento o proyectos que buscan reparar a tantas víctimas del accionar de movimientos terroristas.

El sistema político sigue sin asumir sus responsabilidades en aquellos momentos, donde todo eran deberes, obligaciones y se debían tomar decisiones ante un caos que se comía las instituciones y la paz de la población.

Fuimos llamados a combatir a grupos armados, financiados y preparados desde el exterior, en una agresión sin precedentes, ante la cual el país estaba por caer arrodillado y aquellos que nos convocaron, terminaron dándonos la espalda.

Pasamos a ser los villanos de la película, cuando los enemigos de la Nación, con el apoyo y cobardía de sus cómplices, nos acusaron, denostaron sin ahorrar calificativos, ante lo cual se respondió con un “silencio austero”.

Pero peor aún, es ver hoy en día, viejos soldados hoy octogenarios, que combatieron por orden de la República, como los pusieron presos, sin pruebas, sin acusaciones, con testigos inventados y violando todas las normas jurídicas, porque los derrotados de ayer, instalaron una venganza general.

Las guerras son todas crueles, hay muertos, muchos inocentes, cuando agregamos que son como las que sufrimos, con un claro componente ideológico, donde uno de los contendientes es parte de la población y de ese camuflaje se vale, siempre pueden ocurrir hechos que se salgan del control, aunque nadie es inocente, no importa de qué lado se encuentre.

Nuestro país buscó la forma de encontrar paz después de terminado el conflicto, se dictaron leyes de amnistía, reparación económica, de carreras afectadas, etc. a los integrantes de aquellos grupos armados.

También se entendió pertinente hacer lo mismo con quienes fueron ordenados a ejercer la represión y su combate.

Como todos sabemos, o pensamos que debería saberse, las fuerzas políticas defensoras del accionar de los grupos armados buscaron la forma de derogar las leyes que amparaban a los integrantes de las FFAA o policiales.

En dos ocasiones, la sabiduría de la población determinó que era prioritaria dar vuelta la página relacionada a con esos hechos, pero el Frente Amplio desconoció ese veredicto, derogando la ley que interpretaba lo sucedido, lo que llevó a que hoy en día existan presos por hechos ocurridos hace cincuenta años.

Ese es el panorama, expuso mi amigo el militar.

Y entonces, ¿Qué es lo que se puede hacer ante eso? Interrogué a mi amigo.

Ahhh, buena pregunta la tuya. En principio te digo, lo primero es que el día 22 de setiembre, a las 1930 horas vamos a concurrir a la Plaza Independencia, vísperas de una fecha más de la muerte del Gral. Artigas, para hacer un acto en defensa de los presos recluidos injusta y arbitrariamente.

Es inconcebible que en el año 2023 se encuentren privados de su libertad estas personas mayores de ochenta y algunos de más de noventa años, por hechos ocurridos hace más de cincuenta años.

Sin pruebas, con violación y desconocimiento de elementales normas del Derecho, lo que hace su situación aún más escandalosa.

Para decir al pie del monumento al prócer, tantas veces traicionado, como detenido injustamente, que aquellos que lo invocan permanentemente en sus discursos, lo colocan como referente y supuesto guía de la política nacional, nuevamente se han puesto del lado de los enemigos.

Llamaron a sus soldados para combatir al enemigo externo y terminaron aliándose y defendiendo a los que tarde o temprano y más bien en forma permanente, trabajan incansablemente para destruirlos, por lo que parece, que no entienden o la ingenuidad política con la que actúan es de ciegos o cómplices.

Mi amigo, ya emocionado, apasionado por el calor de una causa que parece le viene desde el fondo de su ser, me dijo: ¿entendiste porque soy militar?

Aguardé unos minutos en silencio, traté de pensar que contestar para que mi amigo supiera que lo estaba entendiendo más de lo que él podría suponer y allí recordé aquella frase del General y le dije, “el día que me quede sin soldados, pelearé con perros cimarrones”, yo, “tengo un amigo militar”

Daniel García

Fuente: semananariocontexto.com

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